27 d’abril 2016

DRAGONES FEROCES

Gracias a una martingala difícil de comprender por alguien que desconozca el “procés”, Carles Puigdemont llegó de forma rocambolesca a presidente de la Generalitat de Cataluña.
Más de 100 días después de su llegada a la máxima institución catalana, el balance de gestión que presenta es, sencillamente, paupérrimo.
Es verdad es que la herencia de su antecesor, Artur Mas, con graves asuntos de corrupción no resueltos como el caso Palau, el affaire Pujol o las mordidas del 3%, entre otros; además de la mala gestión en asuntos como la concesión de la ATLL, el macro complejo BCN World, la deuda de más 70.000 millones de euros o el desguace del Estado del bienestar a base de recortes indiscriminados, pesan como una losa a la hora de llevar a cabo cualquier acción de gobierno de cierta enjundia.
Quizás por eso seguimos con los presupuestos de 2015 prorrogados y no parece que su aprobación vaya a ser inminente, habrá que convencer a la CUP de que en las circunstancias actuales no hay otra política económica posible. Y me temo que ese va a ser un hueso difícil de roer
Pero es qué en esos 100 días, el Parlament no ha aprobado una sola ley y, sin embargo, se han consumido horas y esfuerzos debatiendo si había que “desobedecer” o “desoír”. Y mientras, los problemas para desconectar cada vez son más evidentes y de los 18 meses fijados para ir a unas elecciones constituyentes se han evaporado casi 4 y todo sigue igual. Ahora bien, que no cunda el pánico, Puigdemont, se ha reunido con Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera y Mariano Rajoy. Entrevistas meramente protocolarias, puesto que resultados prácticos, ninguno
Además, el presidente, en la presentación de su plan para lo queda de legislatura, garantizó “revertir los recortes, revertir sus efectos y situar Cataluña a las puertas de un Estado propio”. Ahí es nada. Pero no dijo ni de que armas dispone, ni quiénes son sus aliados, ni cómo piensa llevar a cabo su proyecto.

Después, Puigdemont, en su primera Diada de Sant Jordi como presidente, habló de dragones feroces “que nos quieren atenazar”. Haría bien el máximo mandatario catalán en dejarse de quimeras y trabajar para lograr objetivos tangibles que luego no generen frustración. Para ello, sería primordial eliminar los dragones internos que andan obcecados en una alucinación que nos está llevando a la parálisis.

Bernardo Fernández

Publicado en ABC 27/04/16

24 d’abril 2016

EL DERECHO QUE NO EXISTE

Aunque los soberanistas catalanes se empeñan en decir en público que el “procés” va bien y sigue adelante, es evidente que las fuerzas les empiezan a flaquear. Eso sí, en el Parlament se aprueban periódicamente mociones de desobediencia al Tribunal Constitucional, a la legalidad vigente o al sursuncorda, tanto da, la cuestión es epatar, aunque la verdad es que esas iniciativas parlamentarias no tienen ninguna consecuencia real. En estas circunstancias, no es casualidad que expresiones como declaración unilateral de independencia o estructuras de estado que durante un tiempo se han utilizado a troche y moche, poco a poco se van dejando de escuchar -y como se dice ahora-, hemos retrocedido una pantalla y se vuelve a hablar de “derecho a decidir”.

Derecho a decidir que, por cierto, nadie sabe, realmente, que quiere decir. De hecho, es un sucedáneo del derecho de autodeterminación qué si existe, pero no es de aplicación en Cataluña, cómo dijo, entre otros, en una visita a España el año pasado, Ban Ki-moon, Secretario General de Naciones Unidas.

Por eso, resulta sorprendente que buena parte de la sociedad ha aceptado como justo y necesario el recurso al referéndum para dirimir la cuestión catalana. Tengo la sensación qué el derecho a decidir viene avalado por una errónea asimilación a la democracia, haciendo la siguiente lectura simplista: si votar es bueno, el derecho a decidir es bueno. Eso explicaría que segmentos considerables de la sociedad se sientan obligados a apoyar el derecho a decidir para no parecer retrógrados y pasar por poco demócratas.

Debemos admitir que los secesionistas han planteado el asunto con suma habilidad: Cataluña es una nación y por tanto tiene derecho a la autodeterminación, y se deslizan sibilinamente hacia el terreno de la democracia. Y en ese ámbito el derecho a decidir no se debe negar porque nadie puede impedir que la gente escoja su destino. Se podría afirmar que éste es el núcleo duro de su argumentario.

Sin entrar en tecnicismos jurídicos -no es éste el lugar   más apropiado-, lo primero que sorprende es que quiera hacerse la consulta de manera unilateral. Olvidan que en Escocia se negoció casi hasta la extenuación para llegar a un acuerdo. Y eso es necesario para dar garantías democráticas a un plebiscito. En una consulta debe ser condición indispensable que las diversas opciones puedan ser claramente debatidas, y eso no sucede en Cataluña, Aquí en los medios de comunicación públicos y en los subvencionados se cultiva sin ningún rubor el pensamiento único.
A los salvadores de la patria que nos ha tocado sufrir les importa una higa la Constitución, la Unión Europea y todo aquel que no comulgue con sus puntos de vista. En ocasiones da la sensación que sus planteamientos políticos tiene un origen divino y ellos son receptores de una revelación, han venido a este mundo para llevar a cabo esa misión y, por tanto, no tiene sentido ningún debate al respecto porque son poseedores de la verdad más absoluta.
Por otra parte, nos quieren hacer creer que el movimiento secesionista catalán es pacífico, y transversal. Falso. Sólo hay que darle tiempo al tiempo para que las posiciones se vayan enconando y en cualquier momento puede saltar la chispa que encienda la pira que otros fueron acumulando durante años. Tampoco es transversal porque en ese movimiento subyace un desprecio, casi secular, a todo lo que tiene origen español. Ejemplos al respecto los podemos encontrar por doquier, desde la prohibición de las corridas de toros, pero no de los “corre bous”, pasando por el “España nos roba” o el reciente manifestó sobre el monolingüismo y otros muchos que no merece la pena mencionar.
La Constitución de 1978 se redactó con ánimo conciliador y pacificador y con la voluntad de superar los enfrentamientos y las divisiones que nos habían atenazado durante más de un siglo. En la misma se define a España como una nación cuya soberanía reside en el pueblo y se articula el Estado sobre la solidaridad y el reconocimiento de la pluralidad. Pues bien, a partir de esas bases hemos desarrollado nuestra convivencia en los últimos treinta y siete años. Además, en ese tiempo el Estado se ha descentralizado y ejercido un sistema de reparto de poderes que para sí quisieran Estados que se denominan federales.
De todos modos, ha llegado el momento de revisar la Constitución. Esa revisión debe hacerse con el máximo consenso, negociación y pacto, teniendo muy en cuenta la Unión Europea. Una vez hecha la reforma, ésta debería ser votada por todos los ciudadanos del Estado. En el supuesto que fuera rechazada en Cataluña habría llegado el momento de explorar otras vías, quizás, entonces, Canadá pudiera servir de referencia.
Pero esa cuestión la trataremos en una próxima entrega.
Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 22/04/16

06 d’abril 2016

EL BILINGÜISMO UN VALOR A PRESERVAR

Un grupo de intelectuales catalanes hizo público, días atrás, un manifiesto pidiendo que el catalán sea, en una hipotética futura república catalana, el único idioma oficial. De la lectura de esa proclama se desprende la voluntad implícita de cargarse la convivencia y la cohesión social  en nuestro país que ni las embestidas del independentismo más foribundo han logrado tumbar.
En Cataluña el factor determinante del bilingüismo es la inmigración desde el resto de España en el siglo XX. Se ha calculado que, sin migraciones, la población de Cataluña habría pasado de unos 2 millones de personas en 1900 a 2,4 en 1980, en vez de los más de 6,1 millones censados en esa fecha (y superando los 7,4 millones en 2009); es decir, la población sin migración habría sido solamente el 39% en 1980.
Esa gente que vino huyendo del hambre y la miseria en busca de un futuro digno, además de contribuir a la Cataluña “rica i plena” aportó, como no podía ser de otro modo, sus costumbres y su lengua. Y ahora, un puñado de iluminados pretende suprimir por decreto todo ese acervo cultural.
Es verdad que el uso del catalán fue reprimido en los tiempos de la dictadura; además es una lengua minoritaria en comparación con el castellano, el francés o el inglés y, por consiguiente debe ser protegida y potenciada. Por eso, son encomiables la ley de normalización de lingüística 1983, la de política lingüística de 1998, el Estatut de 2006 y la ley de Educación de 2010. Así como la determinación que las hizo posibles. También la sentencia del Tribunal Constitucional de 1994, que considera el catalán como el centro de gravedad en el sistema educativo en Cataluña, en atención al objetivo de la normalización lingüística, es una pieza jurídica digna de ser tenida muy en cuenta.
De todos modos, no se debería olvidar que los ciudadanos que no tenemos ocho apellidos catalanes y por tanto no somos “pata negra”, pero nos sentimos tan de aquí como el que más, somos mayoría;  y a nosotros no nos ruboriza utilizar indistintamente una u otra lengua en función del lugar, la circunstancia o el interlocutor. Antes al contrario, porque ser bilingüe es una riqueza, jamás un inconveniente. Por eso, mejor que no vengan los “lletra ferits” con sus mandangas que no lo vamos a tolerar.
Hasta ahí podríamos llegar.

Bernardo Fernández

Publicado en ABC 06/04/16

EL PACTO DE LA VERGÜENZA

Durante los años de plomo de la dictadura Europa era la gran esperanza. Cruzar los Pirineos significaba recibir en el rostro una bocanada de justicia social, pero, sobre todo, hacer una inmersión en libertad.  Más tarde, con la democracia aún tierna en nuestro país, nos convertimos en miembros de pleno derecho del Mercado Común Europeo. Enseguida nos dimos cuenta de que ni es oro todo lo que reluce ni que en ningún sitio atan los perros con longanizas. No obstante, y a pesar de algún sueño fallido y diversas desilusiones, valió la pena.

Mediada la primera década del siglo XXI llegó la crisis económica que, por cierto, empezó en EEUU pero que aquí nos sacudió con extraordinaria virulencia; además se pusieron de manifiesto otras  como la política o la social que, hasta la fecha, habíamos tenido soterradas.

Por si todo esto fuera poco, los líderes políticos europeos escogieron para resolver los problemas el camino equivocado: la austeridad. Los resultados son obvios: una Europa empobrecida, con más paro, más escepticismo y varios Estados de la UE a los pies de los caballos. Muy atrás queda la época en que Europa marcaba tendencias, ya fuera en el pensamiento, la moda o el diseño, pero sobre todo -y a mi juicio es lo más importante-, el progreso europeo siempre se basó en el respeto al bienestar y a la dignidad de las personas.

Sin embargo, en los últimos meses se ha puesto de manifiesto la incapacidad de la UE para dar una solución basada en sus principios fundacionales de solidaridad a los cientos de miles de refugiados que la guerra y las constantes violaciones de los derechos humanos que suceden en sus países de origen, provocan que busquen amparo en lugares más seguros. Una incapacidad que  se genera -todo sea dicho-, por el boicot ejercido por los Estados miembro que se han negado a aceptar cuotas.

En este contexto, la cumbre europea del pasado 7 de marzo asumió acordar con Turquía devolver todos los nuevos inmigrantes irregulares (incluidos los refugiados) que lleguen a Grecia desde ese país. Reasentar en Europa por cada sirio readmitido por Turquía, a otro procedente de los campos de refugiados que hay en territorio turco.

Asimismo, la UE se comprometió a adelantar a junio de este año la exención de visados para los ciudadanos turcos en Europa. También se accedió a desembolsar 6.000 millones de euros para que Turquía  pueda atender a los refugiados sirios. Todo eso, además de abrir una nueva mesa de negociación para la adhesión de Turquía a la UE.       

Como no podía ser de otra manera, el vergonzoso pacto con Turquía, que, con toda probabilidad, es la peor de todas las opciones posibles, ha sido rechazado por las agencias especializadas de la ONU.

A día de hoy, el proyecto europeo hace aguas. En estas circunstancias es necesario un cambio de rumbo o el sueño europeo de millones y millones de ciudadanos se puede ir al garete.

Es verdad que los orígenes que han ocasionado el fracaso de la acogida e los refugiados son complejos. Desde países que  directamente se han opuesto a la acogida, hasta otros que dijeron sí con la boca pequeña.

Sea como fuere, llevamos ya demasiado tiempo viendo el ascenso  de los partidos populistas de derechas  con un discurso antiinmigración que nadie se atreve a contestar abiertamente. Las consecuencias las pudimos comprobar en Alemania hace pocas semanas, donde se celebraron elecciones en diversos lánders y los partidos de la gran coalición gobernante (CDU y SPD) fueron seriamente castigados, mientras que los populistas e, incluso, los abiertamente xenófobos eran premiados en las urnas.

Sería hacer  una lectura demasiado simplista de la situación relacionar  de forma directa los atentados de Paris del mes de noviembre o los ocurridos en Bruselas días atrás con las políticas migratorias. Ahora bien, es innegable que esos sucesos tienen que ver con la debilidad de la UE y ese es el nudo gordiano  de muchos de los problemas que nos atañen. Un ejemplo: la capitulación de los Estados miembros para evitar la marcha de los británicos es una prueba palmaria de esa debilidad.    
 
Vivimos tiempos convulsos, la crisis económica y el terrorismo de origen yihadista están condicionando nuestra existencia; además esta situación es terreno abonado para el populismo más exacerbado.

Con este panorama de fondo, el proyecto europeo tiene muchos números para embarrancar, dado que los nacionalismos se reafirman en situaciones como la que estamos padeciendo.

El vergonzoso pacto con Turquía ha puesto sobre el tapete las debilidades internas de la UE y la crisis de los refugiados es un ejemplo de inacción política.

Pese a todo, aún estamos a tiempo de reconducir la situación. No obstante, para eso, hace falta liderazgo, convicción de que es posible y vale la pena, transversalidad y, sobre todo, voluntad política, aunque ello suponga dejarse alguna pluma en el camino.


Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 04/04/16

CARTA ABIERTA A UN INDEPE

Apreciado Fulano de tal: Cientos de miles de personas -entre los que me incluyo-, durante más de cinco años, hemos sido asediados con f...